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Septiembre 2009 -Eclèctica #21

La vuelta al mundo en cuestión de minutos

Escrito por Laura Rodríguez

La autora es estudiante de la Licenciatura en Periodismo en la Universidad de Guadalajara, fue directora de la Gaceta Turística "La Magía de Tapalpa". Actualmente colabora en la edición de la Revista Ciénega del Centro Universitario de la Ciénega y es practicante en el departamento de Internet del periódico "El Informador". 

 

Quién ha visitado alguna vez los lugares más recónditos de la Tierra, caminado por terrenos pedregosos y húmedos, sin ropa de excursión ni botellones de agua (porque están prohibidos). Quién se ha atrevido a convivir con animales salvajes y fieras voraces, a descubrir el secreto de las cavernas y a disfrutar de ese viaje en compañía de otros más.

Las 12:34 horas, el clima era intenso, el Sol parecía cobrar fuerza a cada segundo, todos bebíamos sorbos de agua antes de iniciar la aventura. Preparábamos las piernas y los brazos, observábamos el terreno asombrados. Hubiésemos querido fotografiar cada hoja de los matizados árboles que ahí yacían, repletos de vainas y aves cantando, pero el tiempo corría y las ansias de conocer aquel lugar crecían conforme los demás excursionistas se aglomeraban, generando un ambiente de tensión. Turistas, eso es lo que fuimos, cientos de turistas: niños, jóvenes, adultos, personas de la tercera edad, todos hablando un mismo idioma, sin palabras ni acentos.

A lo lejos, una vereda empapada de frondosas sombras avivaba la más mustia de las reacciones humanas y en el extremo derecho, una jungla llena de monos araña. ¡La aventura comenzaba! Ateles geoffroyi, es el nombre científico de esta especie, colgados con su cola, no pasarían de ser nueve o diez monitos (justificable ya que viven en comunidades pequeñas).

Sí, efectivamente, me ubicaba en América Central, en uno de sus bosques tropicales. Emocionada tomé de mi bolso una colorada manzana, seguramente alguno de los monitos la hubiese degustado sin problema alguno, pero el guía  me detuvo: “Señorita, los animales tienen una dieta especial, no puede usted alimentarlos”, asintió amablemente, invitándome a continuar el recorrido.

Cruzamos dos o tres montañas, que parecían pasteles de piedras, decorados con plantas y helechos verdes, y una preciosa cascada de apacible brisa, fría como los vientos del invierno, que apaciguaba el insoportable calor.

"¡Bienvenidos al Acuario!", expresó una tenue voz. Supuse pronto que nos sumergiríamos en aguas profundas.Por qué no me pasó por la mente traer mi equipo de bucear, me dije. A pesar de ello (y observando que todos los demás entraban), decidí lanzarme en un clavado.

“¡Oh por Dios, pero qué veo… Una medusa mamá, una medusa!”- gritaba un pequeñín mientras temblaba lleno de frenesí. Pirañas, peces disco, peces ángel, cíclidos (familia de peces de aguas dulces y salobres)…

¿Estaremos en Panamá o sin darme cuenta viajamos con destino al Amazonas? Me cuestionaba mientras contemplaba un asombroso pez cirujano de Aquiles, de majestuoso color blanco con franjas negras y amarillo difuminado, su similitud con la piel de una cebra era tanta que parecía una misma versión pero acuática.

Como si fuese un buffet de lugaresen cuestión de minutos me transportaba de un sitio a otro. De pronto podía estar parada sobre el hielo ártico de Alaska fotografiando a los osos polares y en un abrir y cerrar de ojos en el sur de la Australia Occidental, descubriendo el hábitat de los canguros; aunque debo aceptar que ello provocó por un instante que me sintiera perdida. Con un mapa en las manos (que no pude utilizar y no porque no quisiera sino porque sufro de crisis de ubicación) y sin otra opción, me guié por un sendero lleno de plantas de bambú y palmeras.

Dewconocía que pronto estaría en uno de los espacios más asombrosos, lleno de reptiles y animales de sangre fría, venenosos, presa fácil de la herpentologíaNunca me he identificado con las personas ofidiofóbicas (que temen a las serpientes), pero no puedo negar que sentí un poco de temor al tener frente a mí a una cobra asiática, con su aspecto intimidante (y más cuando se sabe que su veneno tiene un efecto devastador sobre el sistema nervioso).

Caminando por ahí, escuché que el viaje más esperado y excitante era el Safari Masai Mara, (safari: expedición típica en algunas regiones de África), por lo que no dudé ni un segundo y me enlisté para finalizar así esta maravillosa aventura a través de un paseo al sudoeste de Kenia, en la región del Serengueti, lugar habitado por la tribu masái. Música susahariana ambientaba la estación y mientras esperaba el camión que me llevaría a recorrer el prodigioso lugar, bailé junto con los demás excursionistas al ritmo de los populares tambores, disfrutando de esta gran variedad de ritmos sofisticados del África. “¡Jabari, jabari!” que en suajelí (o swahili, lengua africana hablada en Kenia) significa "Hola". Eran palabras extrañas que de pronto anunciaban nuestro turno. “Estimados pasajeros, ¿Están todos listos?”, preguntó la guía, “¡Sí!”, respondimos todos y después de una corta lista de indicaciones, partimos.

Entre brincos y arrebatos por tomar las fotografías más impresionantes, pude observar un ave típica de las llanuras de África, la avestruz; por su nombre científico, Struthio camelus, clasificada como el ave más grande del planeta ya que puede medir 2 metros de largo y hasta 2.75 metros de alto y pesar alrededor de 150 kilos. Era una hembra, echada y encubando seis o siete huevos.

Más adelante se encontraban los antílopes, los búfalos, y cuatro jirafas. Olvidé mencionar que al iniciar el recorrido los guías ofrecen a los turistas pequeños puños de zanahoria picada en cuadros de aproximadamente dos centímetros, ración que nos sirvió para alimentar a Renata, una jirafa de 15 años, que se acercó hasta nuestras manos a consumir el delicioso manjar (Aunque su dieta sean las hierbas, se caracteriza por adaptarse a todo tipo de alimentos, pues una jirafa se pasa alimentándose casi todo el día ya que cuenta con cuatro estómagos).

Tomé cientos de fotografías. Animales aquí, animales acá, paisajes coloridos y cambiantes, así como rostros de personas que al igual que yo recorrieron parte del mundo en cuestión de minutos. Debían ser casi perfectas, como postales con voz propia que hablarían por sí solas cuando las vieran mis amigos. Terminaba así el Safari Masai Mara, mientras la guía nos despedía diciendo: “¡Cuajerini, cuajerini!”, que en suajelí significa "Adiós".  

Eran ya las 15:40 horas, agotada y feliz me retiré siguiendo los señalamientos. Era genial y casi increíble, había conocido lugares tan extraordinarios y animales impresionantes, ello justificaba cualquier malestar causado por el calor y la sed (como la fuerte jaqueca que sentía, por ejemplo).

Habiendo entonces concluido, me disponía a salir de este maravilloso espacio conocido como el Zoológico Guadalajara. No me tomó ni tres segundos correr a comprar un botellón de agua para recuperar nuevamente mis energías y después, tomar el transporte rumbo a mi casa.

Sí, la rutina continuaba a las 8:00 a.m. del siguiente día, pero yo había pasado el mejor fin de semana, una aventura alrededor del mundo en cuestión de minutos, algo que ni siquiera Julio Verne logró..

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