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“Las semanas buenas si te va bien puedes ganar siete mil pesos, pero si te va mal puedes no ganar nada, quedarte en ceros, llegas a una hora determinada y te vas como llegaste...” Testimonio
El análisis diferenciado de la prostitución masculina y femenina, además de que sustenta las razones por las que pareciera que el hombre prostituto no existe, también da pie a entender que la prostitución no sólo tiene género femenino.
Contrario a lo que podría pensarse, el mercado no es exclusivo de mujeres, pues hay también transgéneros y hombres, estos últimos socialmente silenciados, de quienes poco se sabe y sin embargo se mueven. Para evidenciarlos es necesario cederles el guión de protagonistas y tratar la historia con un giro distinto: contada al revés.
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Se abre el telón/ Roberto es un hombre de 26 años de mirada profusa, cuerpo ejercitado y facciones masculinas. Oriundo de Guadalajara y sin completar los estudios medios, comenzó en el negocio de la prostitución desde hace cuatro años, primero esporádicamente y luego con jornadas de hasta ocho horas en las que deja de ser Roberto para convertirse en Max mientras aguarda la llegada de clientes en una esquina de la Avenida Federalismo.
El género dominante visto como el objeto
Roberto acepta contar su historia a cambio de una remuneración equivalente a un sexo-servicio. A diez minutos de distancia, fuera de la “zona de riesgo”, en la Avenida Chapultepec, un café con finta hogareña parece ser el lugar indicado para la entrevista.
“En principio no me agradaba la idea, rechazaba prostituirme, se me hacía sucio, pero el desempleo y las cuestiones económicas, es lo que te lleva a esa decisión aunque tú no quieras” reconoce Roberto. Especialistas en el tema como Gustavo Vega Shiota, académico de la Universidad Nacional Autónoma de México, aseguran que la prostitución masculina también se ve impulsada por la pobreza extrema, el conflicto de valores y la búsqueda de soluciones fáciles a problemas personales.
Como Roberto, las edades de los jóvenes que deciden entrar a la prostitución oscilan entre los 15 y 30 años. Álvaro López López, geógrafo involucrado en distintas líneas de investigación sobre el turismo sexual masculino en el país arguye que “los clientes los prefieren jóvenes, por eso alguien mayor de 30 años ya no es una mercancía comprable”. Roberto coincide con el académico, dice: ”No lo veo como un trabajo a futuro, quedarme allí para siempre, pero en este momento es mi trabajo, lo respeto y te da para vivir”.
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